COBRA KAI

Desde El Regreso del Caballero Oscuro, el tebeo, me pregunto por qué la indústria del entretenimiento, tan escasa de ideas, no repite la fórmula de Miller, mucho más interesante que cualquier remake o reboot y abierta a cualquier tipo de género, del drama al humor. Ha sido recientemente que se han visto apuestas interesantes en esta línea (Van Damme hizo doblete con JVCD y Jean-Claude Van Johnson, película y serie maravillosas, por no hablar de Los Mercenarios de Stallone, que fue como llevar la fórmula a la vida real -se han atrevido a hacerlo hasta con Bill y Ted ahora-). Cuando en su día oí que YouTube iba a hacer lo propio con la franquicia de Karate Kid no me interesó mucho; pensé: "¿Qué me puede dar Daniel LaRusso, ese payaso?". No era la pregunta adecuada: ¿Qué me puede dar Johnny, el rubio malote de la primera peli?. El modelo Miller, además, como en la saga de Stallone, se extrapola aquí necesariamente a la vida real: Qué fue de Daniel y Johnny, pero ¿qué fue también de los actores que los encarnaron y cuya carrera quedó en nada? Ahí está la épica que entronca con el modelo de Miller pero sobre todo con el modelo Rocky Balboa. Claro, Daniel LaRusso no es Rocky, pero todos somos LaRusso, con suerte, o Johnny, si no. Todos tenemos una bestia dentro, aunque sea pequeñita. 


Vale, Johnny es el típico malo al que la vida le da una lección y después se vuelve bueno. Hasta ahí todo visto. ¿Qué es ahora? Un perdedor: borracho, mal padre... ("Vaya, ¿no ha aprendido nada?"). Bien. Qué vemos aquí: su redención. ¿Y cuál es su camino?: el de la violencia; pero, al contrario que en la cinta original, la violencia como herramienta para el bien (como en los 80 Stallone, Arnold y toda la panda). En el primer episodio, Johnny, de unos 40 tacos, le pega una paliza a unos chavales de instituto. Vale, los chavales son unos gilipollas. Se lo merecen. Disfrutamos viéndolo. La escala de valores de la serie desafía de buenas a primeras el modelo moral de la industria, que en los últimos años parece haber limitado el derecho a usar la violencia por el bien de todos solo a Los Vengadores. Solo eso ya vale la pena.

En otra escena de los primeros capítulos, LaRusso, el bueno, especula para subir el alquiler a unos pequeños comerciantes. Es un elemento secundario en la trama que casi pasa desapercibido, pero es esencial. La serie retuerce el mensaje original en múltiples direcciones: la redención no te lleva al éxito, el éxito no te vuelve buena persona. Aún más: ¿las cosas sucedieron como las recordamos, con esos matices? ¿Realmente LaRusso era el bueno?

El salto generacional es aquí más bestia que en la película original. El bache entre padres e hijos es casi insalvable, tanto desde la desestructuración familiar de Johnny como desde la vida ideal de LaRusso. Ahí hay caldo para hablar de bullying, machismo, sistema, tecnología, relaciones... La serie se permite endulzar, o al menos estupidizar, el machismo seminal (catetismo, en general) de Johnny, que también rodea a LaRusso (el primero tiene un hijo, el segundo una hija), incluso bromea con el buenismo de la generación de cristal. Pero, en cambio, va a degüello contra el sistema de valores de los pijos y los ricos, que son aquí los malos de la peli, y cuya violencia es mucho más estructural (ahí también hay un montón de -ismos).


Vale, si no eres un millenial todo esto te da igual. O sea, Karate Kid era una mierda, y Los Goonies, más. A ti te va Malas Calles o Star Wars. Aquí sólo vas a encontrar a dos tíos que no sabes quién son y que ni siquiera actúan bien (ya no lo hacían bien en la peli) envueltos en tópicos ochenteros (me pegan en el cole, la chica no me hace caso, estoy gordo, las rubias son malas y quédate con la morena...). Incluso hay una escena en la que Johnny circula a toda velocidad en su Pontiac mientras suena música ochentera y vemos flashbacks de la peli original a cámara lenta (sí, Rocky III, no es casual, y más adelante ecos de Rocky V evidentes). Droga de la buena. Es una serie militante en todos y cada uno de sus detalles, no como Super 8, que solo quería recuperar el espíritu pero no tenía espíritu (J. J. Abrams, caca). Si cuando Daniel Larusso se pone el karategi (que le queda tan mal como en la peli original) no se te pone piel de gallina, esta serie no es para ti, déjala ahí, es un buen final.

En Netflix.

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