Una historia de perros viejos (Dolmen)

Una historia de perros viejos (Dolmen), de Manuel H. Martín y Juanma Espinosa, evoca inevitablemente a referencias del western más crepuscular, al estilo del Sin Perdón de Clint Eastwood. No es la única cinta que le viene a uno a la cabeza al leer este cómic, que también huele a El último hombre, de Walter Hill, que su vez es un remake de Por un puñado de dólares, de Sergio Leone, que a su vez es un remake de Yojimbo, de Akira Kurosawa. El arte, como la vida, que da esas vueltas, como da vueltas la vida del perro protagonista de este tebeo.

Y es que, sí, los protagonistas de esta historia son perros. Perros que hablan, pero no perros al estilo Disney: ni caminan a dos patas, ni llevan pistolas. Y tampoco cantan. Perros reales, que ladran y muerden, que se mueven a cuatro patas por callejones oscuros y sucios, pero que razonan como humanos, aunque “razonar” no sea el término más adecuado.

Un recurso, esta semihumanización del perro, que uno no sabe muy bien a qué viene hasta que, en el tramo final de la obra, Martín y Espinosa nos escupen a la cara toda la violencia y brutalidad de una historia que gira hacia el drama sin piedad. No, definitivamente esto no es Disney.

Giro sobre giro, en el final tras el final, la historia se acaba cerrando con la trama que la abre (con el perro protagonista abandonando el hogar familiar), elevando lo que parece solo una historia de violencia (y, sí, también recuerda al tebeo de Wagner y Locke) a un alegato fraternal entre humanos y animales, entre seres humanos en definitiva. Aquí, la solidaridad aparece como única vía de escape, quizás solo una pomada, a los avatares de la vida.

Una vida, un día a día, oscuro, como el trazo de Espinosa que, quizás más próximo al noir que al western, resulta acertadamente seco para una historia tan seca como esta.

Un interesante debut en el mundo del cómic del realizador Manuel H. Martín, al que se le adivina una mano que puede dar más frutos.

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