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Mostrando entradas de febrero, 2012

Bienvenidas a mi morada

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EL POLÍTICO #1

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El post del gourmet: Oishi Prawn Crakers

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Cuando “vamos de grabación” para el This is Not Another Freaky TV Show (aka El Freaky), nos gusta hacer turismo gastronómico, y tenemos cierta devoción por todo aquello asiático. Ayer, después de vernos con Paco Roca y los amigos del ANIMAC en el CCCB de Barcelona, nos pasamos por el supermercado chino que hay ahí cerca. El descubrimiento: Oishi Prwan Crakers Spicy Flavor. Se trata de un aperitivo frito en la línea de los típicos palitos con sabor a ketchup que no tendría nada de especial sino fuera por el intenso y picante regusto a cabeza de gamba que dejan en el paladar. No sabe a gamba, sabe a morralla, a poso de sopa de marisco. Incluso en la bolsa se puede leer la inscripción “only natural shrimps”. Una delicia para estómagos fuertes y paladares de esparto. Eso sí, evitar comer esto sin una buena cerveza al lado.


Tàpies, Gran Hermano y el Nuevo Vale

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Se discute a mi alrededor sobre Antoni Tàpies (Barcelona, 13 de diciembre de 1923 - ídem, 6 de febrero de 2012), “Tàpiespuntsí, Tàpiespuntno”, y yo no puedo dejar de pensar en que ha cerrado el Nuevo Vale (¿hubo realmente un Viejo Vale?). Me retrotraigo a los años 80, Rocky IV, Tom Cruise clavado con chinchetas en el techo de la habitación de mi prima. Pero no vengo a hablar de eso, vengo a hablar de mundos paralelos, intersección de conjuntos. Porque mientras a unos les interesa Tàpies y la gala de ayer de los Premios Gaudí, yo pienso en el Nuevo Vale (el fin de una etapa, una generación perdida) y la gala de Gran Hermano de, también, ayer. Y no me malentienda, me gusta mucho Dalí, soy bastente fan de Velázquez y Goya tiene algo que no me desagrada. Tàpies no, no me gusta, ni Miró. Rothko sí, y Kandinski, no sé porqué. Y entonces pienso en el sabor de la cerveza y del güisqui, y en el primer hombre que se metió en la boca una ostra, como dijo (otra vez) Rocky Balboa. ¿Han probado el …

El indio

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Había acabado en aquella playa no sabía exactamente cómo, pero algunas botellas vacías le daban una pista. Debían de ser las diez o las once de la mañana, posiblemente era domingo, y hacía un agradable frío otoñal. No se veía un alma y era, sí, un buen sitio en el que estar. Se encendió un pitillo y se sentó en la orilla a mirar el mar, sus olas y su horizonte. Un hora después, algo repentino le hizo girar la cabeza, como un soplo en el cogote. Pero tras él no había nada ni nadie, y más allá sólo una colina peinada de matojos secos. Pensó en indios y vaqueros, moros en la costa; él, con su arco y sus flechas, cualquier tiempo pasado... “¡Bah!, no es nada”, y volvió a su pitillo y su mar. Pero sí era algo: era un apache que, atrincherado tras la colina, le apuntaba con una flecha directo al corazón.