22 mar. 2015

minireseña: INTERSTELLAR

He intentado ver Interstellar (Christopher Nolan, 2014) ajeno a todo el bombo que ha rodeado la película (y ojo, que digo “bombo” y no esa tontería de “hype”). No quería que todas esas opiniones, esas críticas a menudo absurdas y toda la campaña hacia los Oscars me estropearan la última propuesta de Nolan. Por eso esta reseña llega un poco tarde; ahora que, seguramente, nadie se la espera. ¿Una crítica de Interstellar? ¿Ahora? ¿Por qué? Porque creo que hace falta una crítica sin “hype”. Tanto me he tapado los oídos, que hasta me ha sorprendido el elenco.

Quizás porque no sabía de qué iba la cosa, he disfrutado la película como un niño. Hacía tiempo que no sentía esa sensación de meterme en una película y sentirla a flor de piel. Como ver Tiburón o Superman por primera vez. Eso que nos prometió Super 8 (J.J. Abrams, 2008) pero no nos dio.

He visto mucho oficio y mucho Hollywood en la primera parte de la peli, por ejemplo. Una humanidad amenazada, padres e hijos, héroes... Casi me he imaginado por ahí a Kevin Costner haciendo de las suyas. El subidón me ha bajado un poco cuando la cosa se ha puesto tensa. Como ya hizo en Origen (Christopher Nolan, 2014), el director nos ofrece un clímax alargado quizás en exceso y quizás menos brillante que en la película protagonizada por Leonardo di Caprio. Pero ahí está Matthew McConaughey haciendo un poco lo que puede él solo contra el universo, y el esfuerzo es notable.

Y entonces llega el final, que tiene dos partes. La primera es una flipada, en un sentido literal. La segunda es para llorar. Llorar de Spielberg, me refiero, de lagrimita.

Pero no quiero dar la sensación de que la cinta se divide en fragmentos inconexos. Nolan juega así con el ritmo y el estado de ánimo del espectador. Primero lo prepara, después lo ataca y finalmente le da la estocada. El camino no es perfecto, claro, y si el espectador se sale de él en algún momento la peli comienza a desinflarse. Se empezará a preguntar cómo puede ser esto y lo otro y qué me estás contando. Pero cuestionarse los principios científicos que aparecen en Interstellar me parece un error, además de un dolor de cabeza. Porque no es una peli de ciencia ficción, como lo puede ser Moon (Duncan Jones, 2009). Es a veces un drama y a veces un thriller, que, como en El Caballero Oscuro (Christopher Nolan, 2008), se mezclan con una pericia sobresaliente.

Interstellar es una peli de esas de ir a ver al cine, y hacerlo además con palomitas. De esas que te dejan a gusto, como después de un buen llanto. Cualquier comparación con 2001: Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick, 1968) no se sostiene. Está muy lejos de la densidad de la película de Kubrick, aunque quizás en la estética se asemejen. Creo que está más cerca de ser un Regreso al Futuro (Robert Zemeckis, 1985) puesto al día. A priori parecería que no, que el tono es muy distinto. Pero en realidad, si rascas un poco en la superficie, McConaughey es como Marty McFly intentando salvar el mundo. Y en realidad, pese a las casi tres horas y todas esas ecuaciones tan complicadas, pese a que a veces el espíritu de Watchmen asoma la cabeza, eso es todo lo que hay.


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