Los tebeos que marcaron mi vida #01: Santuario

Cada vez  me resulta más difícil salirme de los tópicos (MausWatchmenPersépolis...) cuando alguien me pide que le recomiende un tebeo para introducirse en el noveno arte. A veces incluso pienso que le hago un flaco favor, a él/ella y al cómic, poniéndole entre las manos la obra de Alan Moore sin el contexto necesario para comprenderla. Así que me ha parecido interesante y sobre todo útil poner en orden mi biblioteca mental, no tanto con el objetivo de sentar cátedra, que también (la cátedra establecida me parece aburrida y clasista), ni ser excesivamente exhaustivo, sino para compartir desde una perspectiva personal trabajos que, en algún momento y lugar, también pueden ser útiles a otras personas, ni que sea para hacerles pasar un buen rato o descubrirles algo. Empiezo, sin orden ni concierto, con Santuario.

SANTUARIO. Sho Fumimura, Ryoichi Ikegami. Planeta DeAgostini / MangaLine (Big Comic Superior, 1990-1995).

Creo que Santuario fue la obra que me introdujo en el mundo del cómic adulto, o como mínimo que me reveló su existencia de una manera consciente. Ya había tonteado con Criyng Freeman (Kazuo Koike, Ryoichi Ikegami), aunque la aclamada obra del autor de  Lone Wolf and Cub aún guardaba un espíritu de aventura e incluso serie B que me hizo leerla en clave juvenil. Era la época del boom de Akira también, aunque, como muchos jóvenes imberbes de la época, disfruté de aquello como espectáculo más que como arte.

Resumiendo, Santuario explica la historia de dos jóvenes japoneses que, desencantados con el rumbo que ha tomado su país, deciden hacer lo necesario para cambiarlo, uno desde la política y otro desde la clandestinidad. Mi primer contacto con la yakuza y todos los tópicos que vería después en las películas de Miike y Kitano fue este y cada vez que veo una cinta de ellos aún vuelvo a sus páginas.

La basta obra de Fuminura e Ikegami (me sorprende incluso que se editara completa en nuestro país, aunque la primera edición de Planeta quedó inconclusa, como solía pasar en aquella época) no solo nos ofrece un retrato crudo, aunque a veces romántico, de la yakuza, sino también un discurso crítico de la sociedad japonesa de la época y una compleja historia de poder y traición como pocas veces hemos visto en un manga, e incluso me atrevería a decir que en un cómic.

El dibujo de Ikegami, increíble e inusualmente realista en el manga (ya extinto, de hecho), redondeaba una obra que no por su densidad dejaba de ser explosiva, en el sentido que lo es el Scarface de De Palma o Uno de los nuestros de Scorsese.

Quizá su relectura hoy resulte inocente a ojos de un adulto y puede que su anclaje en un momento muy determinado de la historia de Japón haya provocado que envejezca mal, pero estoy seguro de que se mantiene como una obra muy interesante para cualquier lector, estilosa a rabiar, irrepetible hoy e injustamente olvidada.

David G. González



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