LOS TEBEOS QUE MARCARON MI VIDA #03: ARMA X

ARMA X. Barry Windsor-Smith. Forum/Panini (Marvel, 1991)

Arma X es un de esos tebeos que uno lee antes de tiempo, que afronta animado por devorar lo que sea de su superhéroe favorito (que para todo adolescente de los 90 era Lobezno) sin estar preparado. Y de repente te metes ahí y te sientes desbordado.

Si vamos al grano, Arma X es la historia fundacional del mito de Lobezno, que reflexiona sobre las dos caras de la moral: el monstruo/hombre y el hombre/monstruo. Nada nuevo, Frankenstein, ¿qué más da? De hecho, el elemento referencial es esencial para entender el impacto de esta obra, absolutamente oscura y antesala del tono que marcaría los nefastos años 90 en la industria del comic-book. Los monólogos de Logan recuerdan, por ejemplo, al trabajo de Alan Moore en La Cosa del Pantano. Y hay algo del caos narrativo de la Elektra Asesina de Miller y Sienkiewicz. Hay incluso algo del terror nevado de La Cosa de Carpenter. El mérito aquí es conseguir hacer una pelota con todo eso y embutirlo en un título de Marvel sin que nadie se atragante, y que además lo haga alguien en esencia dibujante, no guionista, como Barry Windsor-Smith. Sí, el dibujante de Conan.

El resultado era una metralleta para el lector medio de Marvel en los 90, presuntamente adolescente. En buena medida, un lector nuevo, ya que la Casa de la Ideas cerraba una época para abrazar otra, que la llevó por un oscuro camino de cuero, cuerpos deformes y autores endiosados. Un grande como Windsor-Smith abría una década que precisamente dejaba atrás el modelo clásico que en Arma X brilla como un canto del cisne.

El cómic fascinó en su momento y fue interpretado como una lectura adulta y rompedora dentro del canon. Hoy quizás tenga un tufo de premeditada posmodernidad, pero no creo que desentone en el lodazal actual y, más aún, puede resultar más que disfrutable para alguien que lo descubra por primera vez. Sinceramente, me gustaría poder volver alucinar como la primera vez con los colores que le imprimió el propio Windsor-Smith, que aquí actuó como hombre orquesta, algo impropio de la industria americana.

David G. González





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