Padres, háganse a un lado —o cómo Innovamat pone en duda tu hombría—
Más allá del dilema público/privado que esconde la polémica, la opinión general, o al menos la más ruidosa, es que estamos tratando a nuestros hijos como a zoquetes para evitar que conozcan la frustración. Una idea ya expuesta anteriormente ante otros sistemas o artefactos, como la educación emocional, el aprendizaje por proyectos o el método Montessori, por no hablar de la implantación de la ESO, y de eso hace ya casi 30 años. ¿Por qué la cosa ha estallado, pues, con este juego de palitos y colores para sumar y restar? Sencillamente, porque las matemáticas son cosa de hombres.
Una mujer instruida también podría tener barba.
Immanuel Kant
Yo soy una de las personas menos indicadas para hablar de matemáticas, y mucho menos aportar ninguna opinión de valor sobre si un método es mejor que otro. Fui un absoluto negado en mates: Nunca conseguí aprender las tablas de multiplicar, pese a intentarlo obsesivamente. Fracasé con el cálculo mental. Jamás pude resolver una ecuación medianamente compleja, y ya no digamos un sistema. No me hagan sacar una división con coma. Y, pese a ello, creo que en la vida me he desenvuelto bien matemáticamente, tal vez gracias a que me vi obligado a desarrollar extraños sistemas de cálculo mental cuando mis padres me enviaban a comprar el pan. Saco sin problemas el precio por quilo del jamón cocido, soy capaz de entender una factura de la luz y he llegado a predecir las fluctuaciones de precio de los productos de Amazon. Todas estas situaciones tienen sentido, un objeto. Lo que nunca tuvo sentido para mí fueron las raíces cuadradas, ni el punto de encuentro entre un tren que salía de Sevilla y otro que partía de Barcelona. Y, más allá de las matemáticas, tampoco entendí la necesidad de memorizar los nombres de todos y cada uno de los ríos de España, con todos y cada uno de sus afluentes. O todos los malditos símbolos químicos. No dudo de la utilidad de todo ello para diseñar una línea de AVE o la vacuna del COVID, o para ir a Saber y Ganar, lo que pongo en duda es que ningún niño de ocho años pueda sentirse arrebatado por tal cúmulo de datos y operaciones de manera mariana, a no ser que tenga una predisposición para ello, sea esta natural o inducida. Y no porque un niño, o el ser humano en general, sea intrínsecamente vago, como argumentan las voces contrarias al aprendizaje por descubrimiento, sino porque ningún profesor supo responderme a la pregunta "¿esto para qué sirve?", si no era con una torta o una tiza lanzada a modo de proyectil.
Dime y olvidaré, muéstrame y podría recordar, involúcrame y entenderé.
Proverbio chino
Mi padre y mi hermano sí que son buenos para los números, sea esto porque les gusta, porque lo han necesitado o porque alguna especie de gen que yo no heredé así lo determina. Encontraron un tipo de amor en las ecuaciones y en la tabla periódica que yo nunca supe ver ahí, y que hallé, en cambio, en las páginas de la literatura europea del siglo XVII. ¿En qué radica ese extraño amor? No lo sé, pero me gusta pensar que en las respuestas que alberga.
Teniendo yo cero confianza en el sistema educativo y recelando de una historia como esta del Innovamat, tengo que decir que los métodos que utiliza mi hija para resolver los deberes funcionan en mi incompetente cabeza matemática. Si le pregunto cuánto es setenta y ocho menos veinticinco, lo resuelve sin excesiva dilación. Pero hasta ahí lo que puedo aportar. No tengo ninguna certeza de que esto vaya a dar frutos a largo plazo o de que, como pronostican los detractores del sistema, vaya a suponer un nuevo desastre educativo. De lo que no tengo ninguna duda es de que el problema principal no es que nuestros hijos sumen de una manera o de otra, o incluso que no aprendan nunca a sumar, sino el imparable decrecimiento de sus capacidades de comprensión. Casualmente, o causalmente, un estudio publicado hace unos años por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America sugería que la mayor presencia de hombres en carreras y oficios técnicos no tiene relación tanto con el supuesto de que los hombres son mejores en matemáticas que las mujeres como con el hecho de que las mujeres son mejores en lectura y escritura que los hombres. Nótese que estamos hablando de un hecho, no de un estereotipo de género, pero, aun así, ¿cuánto han influido los estereotipos de género en este hecho?
De los 22 premios Abel que se han otorgado, los Nobel de los números, solo uno ha recaído en una mujer. Las diez películas más populares de temática matemática según IMDb están protagonizadas y dirigidas por hombres. Los principales personajes de los tebeos de Marvel con dotes científicas son todos hombres (Spiderman, La Masa, Bestia, El Hombre Hormiga, Tony Stark, Mr. Fantástico...). En cambio, pese a la innegable dominancia masculina en la industria del entretenimiento, encontramos heroínas en notables producciones cinematográficas sobre la pasión por las letras, como Matilda o La ladrona de libros. Imaginen que Innovamat hubiera sido una nueva herramienta para enseñar a escribir. No me cabe duda de que no se hubiera formado todo este revuelo.
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Para Marvel es más plausible una bestia científica que una mujer de ciencias. |
Así que creo que lo que esconde esta polémica, más allá de la comprensible, aunque superflua, preocupación por el futuro de nuestros hijos, es un nuevo episodio de la violenta crisis de masculinidad a la que estamos asistiendo.
Si bien el papel de la madre en la crianza siempre ha estado claro, el padre ha tenido que suplir sus carencias naturales (es decir: su incapacidad de parir y amamantar) con constructos sociales: proteger a la familia, proporcionar cobijo y transmitir conocimientos, normalmente prácticos, como afilar palos, construir cabañas o chutar balones. Innovamat dispara directamente contra este último punto, diciendo: padres, apartaos, no adoctrinéis a vuestros hijos con sistemas arcaicos. ¿Qué le queda al padre, pues? Nada, ver llegar el cometa.
El mítico programa de televisión dedicado al mundo del motor Top Gear ha cesado su emisión después de 47 interrumpidos años, argumentando que sus presentadores se niegan a conducir electrodomésticos, en referencia a los coches eléctricos (vean la preciosa metáfora que supone que un hombre se niegue a manipular un aparato doméstico). En Top Gear: The Grand Tour, temporada que funciona como canto del cisne, Jeremy Clarkson y James May se ablandan al encontrarse con sus antiguos coches hechos trizas, tan destrozados como ellos mismos, en un ejercicio de mímesis. Una escena maravillosa, símbolo perfecto de esta crisis de masculinidad que está llevando a los hombres en masa al terapeuta por primera vez.
Esta crisis de masculinidad es, en esencia, una crisis de autoridad (que no es exclusiva de los varones), pero también es una crisis existencial, ya que el macho pierde su principal símbolo: el coche, o, por utilizar la metáfora clásica: su caballo. En el interesante, aunque algo prosaico, documental I'm in love with my car (Michele Mellara y Alessandro Rossi, 2017) se reflexiona sobre cómo los atributos identitarios que habíamos depositado en el coche han sido trasladados al smartphone y, necesariamente, se han visto actualizados. El vehículo con motor de combustión, relacionado con la brutalidad y el vigor sexual, ha cedido el paso a elementos más "smart". Tú ya no eres la marca de tu coche y sus caballos, sino tu foto de perfil y los servicios premium que puedas contratar (sí, el dinero sigue siendo el dinero). El cambio, además, ha sido vertiginoso, y, de repente, te ves regresando a casa después de un largo día de trabajo sentado en una caja de metal impulsada eléctricamente que hace el mismo ruido que el patinete de tu hijo. ¿Querías sentir la velocidad? Pues toma.
Insisto en que este post no pretende arrojar luz sobre la utilidad de Innovamat. Aunque parezca una sobreactuación de quien escribe estas líneas, ideas tan complejas como la influencia del lenguaje en la estructura cerebral del ser humano o la importancia de la transmisión de conocimientos en las construcciones sociales son esenciales para analizar la aplicación y asimilación de nuevos métodos de aprendizaje. No, la neurociencia cognitiva no es mi campo, ni la materia de este blog, que se mueve más cómodamente en el terreno de la luz y del color de la cultura pop. Colorines como los del vídeo con el que hemos empezado este post y que tantos comentarios de odio han despertado en las redes sociales. Como si eso de los colores fuera cosa del diablo o, como dijo el Fary, en un definitivo golpe de efecto pop, "del hombre blandengue".