30 may. 2012

EL AÑO DE LOS 4 EMPERADORES

Cuando uno habla de normalización en el mundo del cómic piensa en ver cómics en las bibliotecas, reseñas de tebeos en los medios de comunicación generalistas y un volumen más o menos aceptable de novelas gráficas de autores nacionales en las librerías. Piensa en gente como David Rubín, Paco Roca o Miguel Gallardo. No obstante, yo creo que la normalización no es del todo eso; que estamos a un paso, pero aún no hemos llegado. Lo que hay me suena demasiado, por un lado, a proteccionismo, un poco como lo que pasa en el mundillo del cine. Y no me refiero a que se esté repartiendo dinero de manera más o menos interesada; me refiero simplemente a un tufillo normativista o quizás conservador. Por otro lado, y tal vez aquí está la la clave, las editoriales están arriesgando poco, aferrándose a cualquier cosa que pueda ser etiquetada como novela gráfica y pueda ser expuesta en Fnac como lectura recomendada. Todo esto, pienso, no nos devolverá a la edad dorada del cómic nacional.

Creo que no alcanzaremos la normalización hasta que podamos decir que en nuestro mercado (y digo mercado) haya no sólo Spielbergs y Austers del cómic, sino también Tarantinos y Vonneguts. No quiero decir que nos tengamos que poner a imitar, y que ahora toque ponerse a escribir historias del Bronx. Eso no ha funcionado. Quiero decir que tienen que empezar a destacar autores de género, de manera natural. Haberlos, los hay. Sólo entonces habrá normalización: cuando un fan de la ciencia ficción, o del terror, o del género negro pueda tener un autor de cómic favorito. Cuando, además, un fan tenga como autor de cabecera a un respetuoso amante de los cánones y otro a un transgresor iconoclasta. Habrá normalización cuando haya juego para todos, cuando se cubran todas las necesidades. Y todo lo demás: cómics en las bibliotecas, reseñas de tebeos en los medios de comunicación generalistas y un volumen más o menos aceptable de novelas gráficas de autores nacionales en las librerías.

¿Y porqué todo esto? Por “El año de los 4 emperadores” (Diábolo Ediciones, 2012), que, salvando todas las distancias y evitando cualquier comparación, es lo más Vonnegut que he leído nunca, con permiso de Dario Adanti y su “El terror dentro” (Dolmen, 2006).

Marcos Prior, el autor, ya destacó hace poco con el fantástico y excitante cómic “Fagocitosis” (Glénat, 2011), un trabajo que ya trazaba la línea que el autor parece dispuesto a seguir, aunque no deja de parecer arriesgada, comercialmente hablando.

Cuando una coge, literalmente, “El año de los 4 emperadores”, ve que no se trata de un cómic normal. El formato y la loca portada (¡esas líneas, esos colores!) nos lo advierten. Y al abrir el cómic, ahí está la prueba: diferentes estilos de dibujo, fotos, viñetas, manuales de autoayuda, perfiles de facebook... Un batiburrillo de formas y estilos que parece que no vayan a tener sentido. Y vale, reconozcámoslo, leer este cómic no es sencillo. No hay una solución clara al final y uno casi diría que la idea de conjunto amenaza con desmoronarse en ciertos momentos. Pero eso, debería el gran público aceptarlo ya, no es un defecto, sino una opción.

“El año de los 4 emperadores” explica el caso de un tipo que mola mogollón y que está destinado a dirigir el mundo. Un mundo ficticio pero bastante parecido y cercano al nuestro, con sus conglomerados empresariales, sus redes sociales y su opio del pueblo. En este mundo perfecto, como no, hay disidentes. Algunos trabajan a jornada completa como teleoperadores y planean acabar con el orden establecido.

Prior cuenta esta historia de manera fragmentada, a veces como un cómic tradicional, a veces como un falso documental, e incluso introduciendo algunos fragmentos de diferentes guías y cuestionarios que quizás no explican nada sobre la historia pero sí definen el mensaje global.

El único defecto de “El año de los 4 emperadores” es su halo de modernez, que repelerá a más de un lector. Por lo demás, sólo le veo virtudes, y creo que consolida a Marcos Prior como uno de estos autores llamados a normalizar la situación del cómic nacional, aunque él no se lo haya propuesto. Este es un cómic crítico, como lo era “Fagocitosis”, que experimenta con las narrativas. Aúna fondo y forma para poner el dedo en la galla, para poner el foco en algunos elementos clave en el desarrollo de una sociedad no tan lejana ni tan diferente a la nuestra. Prior se interesa por un futuro tan cercano que en sus delirios de ficción se entrevé claramente una análisis con pretensiones ensayísticas.

Aquí, como en un libro de Vonnegut, como en toda la buena ciencia ficción, hay un mensaje sobre lo que está pasando. Y, lejos de iluminados que pretenden indicarnos el camino con best-sellers de título grandilocuente, ya sabemos que la ciencia ficción ha dado muchas veces en el clavo.

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